Introducción

Ana María Martínez de la Escalera

¿Por qué dedicar este primer número a la cuestión de la violencia? Bien podría responderse así: porque día tras día ─hora tras hora─ los medios de comunicación dedican cada vez más tiempo y espacio informáticos a registrar las explosiones de violencia que atraviesan los ámbitos sociales y nos alertan contra su influencia desnaturalizante. Los medios parecen estar convencidos de que ninguna sociedad moderna puede sobrevivir sitiada por la violencia explícita. Este convencimiento compartido por la sociedad en su conjunto no es, sin embargo, homogéneo. Tampoco el diagnóstico es enteramente compartido: más allá del factor del narcotráfico, las causas que se aducen entre la población, los políticos profesionales y los medios oscilan entre explicar la exacerbación de los hechos de sangre por el programa implementado por el ejecutivo de nuestro país, la lucha entre bandas por el control de los mercados, la corrupción de las autoridades y una mezcla entre todas ellas. El diagnóstico adolece de simpleza o pobreza explicativa. No por ello debe esperarse una explicación más satisfactoria procedente de otros lugares de producción del discurso, como la academia por ejemplo; es decir, no debemos esperar una explicación convincente antes de tener claro que se quiere decir con la expresión violencia. Para ello el escenario donde tiene lugar esta expresión es tan importante de precisar como los significados de la palabra, así como también los efectos o eficacia de su uso. Los escenarios son sin duda la imagen que circula en pantallas de televisión, en las redes sociales y en la prensa escrita y radiofónica. No son éstos los únicos escenarios de presencia de la violencia, pero sin duda son los más impactantes. Si no somos testigos o víctimas directas de actos de violencia, el único recurso para tener esta experiencia son los llamados medios teletécnicos o artefactuales. De ellos basta saber que no reflejan de manera inmediata la realidad sino que la producen técnicamente presentando una imagen apropiada de ella. Apropiada en un doble sentido: adecuada a las expectativas de un público y como producto de decisiones y ejercicios de sentido y técnicos privados. Ahora bien, en ambos sentidos la imagen de la violencia no es el doble de lo que ocurre; es más bien, lo que ocurre al modo de imagen. Esto es que la imagen tiene lugar como presencia de la violencia, una presencia acotada, decidida de antemano por acomodarse a las expectativas y a los requerimientos formales de la técnica de transmisión y a las decisiones de sentido de quienes de manera privada se han apropiado de los medios para hacer circular la información (las cadenas nacionales e internacionales bajo la forma de empresa o industria de la información y la imagen). Sin analizar con cuidado las formas de apropiación de la imagen, poco podemos concluir sobre una violencia de la que sabemos casi exclusivamente a través de dispositivos analógicos y digitales de producción de la mirada y del decir sobre la mirada. Así las cosas, el sentido de la violencia nos llega en forma escenificada, y es esta escenificación la que debe ser enfocada y discutida porque es ella la que construye el sentido de lo que llamamos violencia. Una vez dicho lo cual, habrá que apuntar igualmente a la variedad de significados que la presentación o presencia de la imagen de la violencia despliega. Cualquiera que sean estos significados y el valor descriptivo, explicativo o ético que comportan, lo cierto es que se experimentan como calificativos de una situación dada cuando, en realidad, poseen la determinación y la fuerza de presentarnos la situación de cierta manera. Por ejemplo la acercan a nuestra mirada, la introducen mediante las pantallas en nuestra vida doméstica, la vuelven nuestro acompañante permanente si así lo decidimos apretando un botón, encendiendo una aparato. Es decir que la imagen atraviesa la barrera que creemos separa el espacio y el tiempo públicos del espacio y tiempo íntimo, reservado. Esto se ha dicho mucho, pero conviene recordarlo y precisarlo. La imagen atraviesa la frontera entre lo público y lo que muchos llaman lo privado, o bien, y esto parece más interesante, fabrican lo privado y lo público e imponen sus relaciones. La condición de cercanía e intimidad de la imagen nos hace olvidar que nos ha sido presentada, es decir construida de cierta manera uno de cuyos rasgos distintivos es que esa construcción se oculta, se retira de la imagen final en la pantalla. No se tiene experiencia de la violencia, en general, más que así. Ello supone una suerte de tecnologización de la violencia mediante la imagen: la violencia siempre aparece enmarcada por la imagen. Volviendo a los múltiples significados de la violencia diremos que, además de la violencia en imagen podemos distinguir una violencia que se resiste a ser configurada. Esta violencia bruta, o más bien esta fuerza que se experimenta no es más real que la violencia teletécnica o artefactual, fabricada en suma, sino que le pertenece a la decisión misma de convocar imagen.Se diría que la violencia está en la configuración de la imagen, en el hecho de que en nuestra sociedad moderna la información construye la experiencia y no tenemos más experiencia que la que los medios nos entregan. Esto es un hecho de violencia y es el primero que debemos interrogar. No tanto para dudar de si existe o no el hecho violento sino para estar vigilantes respecto a cómo se nos presenta, porque de ese cómo depende el sentido que demos a la violencia y lo violento. En este sentido cabría decir que la violencia es constitutiva de la imagen con el resultado de que la explicitación de la violencia es ella misma una acción de fuerza, una acción que violenta la mirada, la orienta, la torna fotográfica, la acerca o la aleja globalizándola, resuelve por nosotros los espectadores al ubicarnos como tales, en el polo pasivo de la información. No obstante esto no es todo en relación con la violencia, restan aun otras interrogantes. LLamamos actos violentos a los que otros cometen contra nosotros; en breve, la violencia siempre es el resultado de lo que nuestros enemigos llevan a cabo contra nuestros hábitos. La fuerza que nosotros aplicamos contra seres, objetos y situaciones nunca será considerada violenta, disruptora sino todo lo contrario: genera lo que estamos acostumbrados. La violencia contra la naturaleza, contra los animales que ingerimos y que normalizamos como explotación (de la tierra, del hábitat, de los alimentos, etcétera) no es vivida como violencia. Por lo tanto, la palabra violencia distingue siempre un nosotros de un ellos, una norma de un rompimiento de la norma, un bien de un mal. La violencia instituye la oposición antagónica entre lo correcto y lo incorrecto, y no a la inversa. Como otros tantos conceptos productivos fabrica aquello de lo que dice derivarse. Frente a este tipo de palabras retóricas convendrán ciertas precauciones. Habrá que fijarse en cómo se produce la relación entre la palabra dicha y su referencia porque esta relación referencial no es inmediata sino fabricada. Y curiosamente es fabricada no mediante un acto inaugural del sentido sino mediante la puesta en escena misma de la expresión. De ahí que sea muy importante tomar parte activa en ese acto de enunciación; sin importar el tipo de análisis que llevemos a cabo (sintáctico, lógico, retórico o pragmático, entre otros muchos) debemos desprendernos del automatismo con el cual hacemos frente a los actos de enunciación mediáticos. Se diría que, como los viejos formalistas rusos y los poetas modernos por ellos estudiados, debemos probar de desautomatizar la relación con lo dicho, y también, por otro lado, con la imagen. Me atrevo a decir que esta entrega de la revista presenta proposiciones en ese sentido, nos ofrece sin ninguna condición varias experiencias de desautomatización de nuestra relación con lo dicho, con el hacer del decir y con el hacer de la mirada.

Mas la afirmación por sí misma resulta empobrecedora[1] si no se vincula la imagen y lo escrito con los efectos inmediatos atados a su aparecer público en un soporte como el que nos sostiene. Esta revista contribuye a la vida de la academia en un sentido muy específico: se reserva el derecho de postulación sin condición, lo que equivale a una práctica de la crítica. Si bien han existido diversos métodos de crítica y varias teorías se han elaborado para fundamentarlos, lo cierto es que toda crítica pese a sus singularidades de aparición y de decisión, ejerce una resistencia  contra la autoridad de una verdad que omite la historia y las condiciones de su propia generación o producción. La crítica en este sentido es revisionista: somete la historia de la verdad a una revisión sustantiva. Esta condición de la academia puesta a punto en este número querrá que él sea dedicado al ejercicio o a la práctica de una crítica de la violencia. Ahora bien, ¿qué caracteriza o debe caracterizar tal crítica? Será una crítica sin condición, no supondrá a su objeto –la violencia- como algo dado naturalmente e intransformable y ejercerá el derecho de proponer para su objeto de análisis un estatuto y una historia desautomatizados, productos del análisis crítico y no de la imagen de la violencia como origen de su sentido (por el contrario la imagen de la violencia y la violencia que reduce su fuerza a lo que la imagen presenta nos hablan de eficacia de la imagen y no de asignación de un único origen). A cada imagen le corresponde un análisis específico dada la singularidad del acontecimiento de su aparición y las formas que la prescriben. Lejos del análisis queda también el propósito valorativo: no hay ni buenas ni malas violencias sino violencias eficaces para esto a aquel propósito. En este aspecto que la crítica permite avizorar, la violencia no es absoluta sino pragmática.Y lo que la imagen de la violencia dice de sí misma no es jamás más interesante que lo que no deja ver: su fabricación y las formas de exclusión de la mirada que realiza su misma puesta en escena del sentido. Lo que omite es lo que produce realidad, una realidad tanto más impactante cuanto menos claro es su proceder. Precisar por lo tanto cómo se produce la violencia, quién o que aparato la produce y reproduce será siempre tarea prioritaria de la crítica. Esta deberá acompañarse de un trabajo de calificación de la violencia y de su fuerza: la violencia siempre es un acto de algo (violencia de género, violencia genocida, violencia homicida, violencia semántica, incluso violencia de la crítica). Lo anterior deberá interrogarse junto con lo que creemos saber de la imagen de la violencia hoy: lo que creemos saber de la violencia a través de una imagen obsesiva es su crecimiento sin límite, su presencia totalizante que lo invade todo. Justamente esta hiperpresencia y su supuesto llamado a las autoridades para que den fin de una vez por todas a esta situación nos responsabilizan respecto a ciertas tareas críticas de pensamiento sin concesión.

Entonces: ¿Será violencia todo lo que así aparece o más bien la violencia está en la forma en la que se nos presenta? ¿Habrá entonces más de un tipo de violencia? La primera tarea es distinguir con cuidado qué se quiere nombrar o referir con esa palabra. Violencia significa en primera instancia que algo nos es impuesto “por la fuerza”, sin nuestro consentimiento explícito y además, algo que en cierto sentido pervierte el curso habitual de las cosas, esto es que fuerza un determinado resultado o acontecer. En este sentido la nacionalidad, esto es la pertenencia a un estado nación por derecho de nacimiento, la lengua que hablamos y en la cual reflexionamos, y particularmente el género nos son impuestos violentamente; nadie nos ha consultado nuestra opinión al respecto. Ciertamente, como se decía más arriba siempre hay más de una violencia. Los individuos que todos somos –ciudadanos, usuarios del idioma, hombres o mujeres- recibimos continuamente una configuración determinada por reglas o normas que actualizan repetidamente –iterativamente- lo que decimos ser. Hay pues una fuerza de reconfiguración que actúa contra la posibilidad de que nos comportemos de cualquier otra manera. Lo iterativo, según Derrida, es la condición de repetición cuya fuerza, intensivamente aplicada no llega a garantizar la exacta actualización de lo mismo, esta fuerza está a expensas del azar y sus transformaciones. En estos casos la violencia que nos forma como ciudadanos de hablamos cierta lengua y representamos uno de los dos géneros impuestos es distinta de una violencia originaria: se trata más bien de una violencia conservadora. Para romper con ella, para conformarnos de otra manera que como hablantes de una lengua, ciudadanos y hombres o mujeres se requiere una fuerza que se oponga a la violencia conservadora. La vida de los migrantes que deben luchar desde fuera de la legalidad ciudadana, desde otra lengua y la vida de los transexuales es prueba de las fuerzas que entran en acción para sobrevivir contra la imposición sostenida siempre una vez más (iterada) de las reglas. Incluidas de manera determinante aquellas que configuran el género como una bipolaridad jerárquica. A este respecto se debe distinguir entre la violencia que instituye el género en el sentido mencionado, aquella que tiene por finalidad conservar la bipolaridad jerárquica y la violencia que pone en cuestión y desestabiliza esa alternativa como la única posibilidad de elaboración de las experiencias de lo humano. Habrá que distinguir por igual los recursos de una y de otra forma de violencia, antes de introducir en el análisis, de manera simple,  su valor positivo o negativo que dependerá de quién resulte ser el agente de tales fuerzas, de quien las padezca o las instrumente. El mismo tipo de pregunta debemos hacer una vez que establezcamos que hay violencia étnica o racismo constitutivo de nuestra cultura; ¿qué instrumentos pone en juego el racismo?, ¿con cuáles instrumentos hemos de resistirnos y desbaratar sus fuerzas? ¿Bastan las políticas públicas, el derecho y su propia violencia conservadora, la llamada fuerza de ley, compulsiva y que obliga a los ciudadanos? Y lo que es más, ¿podremos aspirar algún día a un estado de cosas libre absolutamente de la violencia? O por el contrario, el escenario que hoy podemos calcular siempre será propenso a las fuerzas compulsivas?

La segunda tarea, una vez hayamos reflexionado y dado ciertas respuestas a las interrogantes de la primera, debe considerar el hacer la historia de cada violencia para mostrar que su presencia y sus efectos no son inevitables aunque sean ciertos y hayan sido producidos. La crítica de las violencias es el umbral de la historia o del relato del devenir de las violencias: aunque veamos hipertrofiada la presencia de la violencia en la imagen teletécnica lo cierto es que no es algo reciente ni simple: es siempre heterónoma y multifactorial (global y nacional, nacional y local, privada y pública, criminal y delictiva, etc.). Así la violencia presente en todas las violencias no es anterior al acto sino su constante trabajo de distinción de dos campos o dos polos a la manera del paradigma de lo bueno y lo malo. Habrá que librarnos –quizás y si es hoy posible—de esta producción de un escenario bipolar desde donde ejercer la acción crítica del pensamiento. Habrá entonces que liberarnos de un hábito de pensamiento que ha acompañado la reflexión sobre la violencia durante muchos siglos y que ha dado forma a nuestra cultura. Intentaremos por lo tanto ser otros en el ejercicio crítico del pensamiento al mismo tiempo que combatimos la violencia de nuestros hábitos de pensamiento para pensar la violencia.

 

Ana María Martínez de la Escalera. Coordinadora de “Alteridades de género, memoria y testimonio” del PUEG-UNAM y responsable del Proyecto DGAPA-PAPIIT IN400309 “Diccionario para el debate. Alteridad y exclusiones”.

* Al pensar en la violencia es preciso distinguir el fenómeno o hecho violento de la palabra que lo designa. Moverse sin más de un dominio discursivo a otro no discursivo tiende a crear confusión allí precisamente donde lo que se busca es la claridad, la reflexión, el análisis cuidadoso. Una de las maneras de confusión menos recomendables es la de extender la violencia y su carácter negativo a todo aquello que implique el uso de una cierta cantidad de fuerza. Se trata de un abuso, de una generalización por la que se pierde precisión, especificidad por la que  una guerra puede ser tan malamente violenta como un gesto de rechazo o un saludo no correspondido. Otra manera de abuso es hacer preceder el valor negativo de la expresión “violencia” sobre su carácter descriptivo. Como estos dos, es posible registrar muchos abusos más, igualmente desaconsejables. Por ello convendrá que distingamos el sustantivo violencia y determinemos sus significados, y singularicemos el adjetivo violento(a) analizando sus usos. Hay en efecto batallas violentas como hay gestos o respuestas violentas, imágenes violentas y lugares violentos; hay también violencia desatada en ciertas ciudades del país y violencia de género a la base de nuestra cultura. En todos estos ejemplos lo “violento” no indica lo mismo. Hemos oído hablar de violencia legítima o ilegítima, de violencia necesaria, de violencia productora de realidad como en el caso de una explosión en alguna estrella que de lugar a nuevos mundos, o la violencia de una institución que impone ciertas reglas a una comunidad y muchas maneras más en las cuales se intenta pensar el sentido de violencia.

Hace 25 siglos Aristóteles definió la violencia como un movimiento en contra de la naturaleza. Así un río desbordándose no cometía acto de violencia puesto que dicho cambio pertenecía  a la propia regularidad con la que la naturaleza fuerza lo vivo y lo no vivo sobre la Tierra. Hoy conservamos en español la no naturalidad de la violencia juntamente con su significado necesario. Debe haber una violencia que conserve, positiva, naturalizada junto con una primera violencia instituidora del orden social, mediante la ley o el acto divino de creación.

En relación con las imágenes nos preguntamos qué tan violenta es una imagen. Puesto que parece que la imagen entendida formalmente, como instrumento de información o comunicación debe distinguirse del hecho, lo ya acontecido, lo fenomenal, en este caso un acto de violencia. Así las imágenes muestran la violencia pero las imágenes no son violentas. O bien podría pensarse que ciertas imágenes que provocan en el espectador un cierto shock, por ejemplo por presentarse de forma tal que queden fuera de la experiencia tal y como la conocemos, deben ser entendidas como imágenes violentas, no por lo que muestran sino por lo que hacen sobre el cuerpo del espectador.



[1] Se trata de una pobreza de entendimiento puesto que el poder de la imagen, que dice mostrarlo todo y por lo tanto descubrir la verdad en el mismo gesto de aparecer públicamente, nos exime de reflexionar. ¿Cómo se fabrica la imagen? ¿Qué decisiones han intervenido para configurarla así y no de otra manera? ¿Cuál es su fuerza fáctica (de hacer realidad) y cómo procede?